domingo, 13 de marzo de 2016

El pianista

"Tiene el corazón agotado" le dijeron. Estaba sentado a mi lado. Quien se lo dijo no era el médico y tampoco creo que fuera la enfermera. Era  solo alguien que pasaba por allí, que le miró a los ojos y que le dijo solo eso, que tenía el corazón agotado. Le vi bajar la mirada, mirarse la palma de las manos y quedarse así, con las palmas hacia arriba surcadas de telarañas.

sábado, 12 de julio de 2014

Exp.n-6

-¿Me quieres?
-No. Ya no.

Era la única escena de su vida que recordaba cada mañana. No el nacimiento de su hijo. No el día que le conoció y creyó morir de amor. No cuando sujetó su mano y temblando ajustó el anillo en su dedo. No la primera vez que la llamó mamá. No. Ya no. Aquella mañana no derramó ni una lágrima. Ni al día siguiente. Ni al otro. No lloró. Llevaba años sin llorar. La psicóloga del centro llevaba los mismos años intentando buscar el mar en sus ojos. Le decía que alguien, en su infinita sabiduría, nos había llenado los ojos de agua de mar para curar las heridas.

Tocó suavemente la puerta antes de entrar. Siempre lo hacía a pesar de ver a sus compañeros entrar sin ni siquiera pedir permiso. Ella la esperaba como siempre: intentando disimular con una sonrisa la frustración que le producían aquellos ojos llenos de dolor y su incapacidad para inundarlos, aunque fuese sólo durante unos segundos. Estaba segura de que lo único que la curaría sería llorar.

- Hola Belén
- ...
- ...
- Belén...¿estás llorando?
- ...

Y lloró. Lloró el dolor que había guardado tanto años. No. Ya no. Desde aquel día no le había vuelto a ver. Hoy ha ingresado en el centro. Uno de los cuidadores lo ha sentado a su lado en la mesa del desayuno. Sin querer ha rozado su mano al intentar coger el pan. La volvió a rozar cuando casi tira el vaso de zumo. Le dio las gracias cuando le acercó el vaso a los labios. Le dijo su nombre y le preguntó el suyo. Belén ...¡Qué nombre tan bonito! ¡Seguro que le acompaña una cara preciosa! Permítame conocer sus manos. A las caras todavía no me acostumbro pero las manos que acaricio nunca las olvido. Y acarició sus manos. Nunca había "visto" unas manos tan pequeñas. Intentan que reconozca a la gente acariciando sus caras pero prefiero las manos, ¿sabe? Las manos son el espejo del alma. Y las suyas están ardiendo...¿se encuentra bien?

Exp.n-6 Aurora Suárez Galindo
10/07/2014

Hoy Aurora (Belén en lo sucesivo como prefiere que la llamen) ha liberado su dolor llorando. No he logrado averiguar el detonante, pero sin duda algo ha pasado hoy para que su respuesta a la terapia haya sido, por fin, el llanto. He pedido a las animadoras y personal del centro que estén atentos a algo inusual en su comportamiento. Preocupa este cambio de actitud sin motivación aparente.

Exp.n-6 Aurora Suárez Galindo
17/07/2014

Belén ha acudido hoy a la terapia mucha más animada.Por primera vez ha respondido a su nombre aunque me ha pedido, casi con desesperación, que la siga llamando Belén. Ha insistido mucho en este punto. (Comentar con M. si alguna vez la llaman por su nombre y reacción) Le he preguntado por el nuevo interno del que no se separa en todo el día. No ha querido hablar. Las cuidadoras le dejan hacer. Adoptando la responsabilidad de su cuidado, ella ha mejorado notablemente.

Exp.n-6 Aurora Suárez Galindo
26/07/2014

Aurora ha fallecido hoy a las 6:50 am. Ha aparecido la lado de su compañero inseparable de las últimas semanas. El forense ha establecido una diferencia aproximada de cuatro o cinco horas entre la muerte del primero y la posterior de ella. En sus fichas aparece una misma persona de contacto, su único hijo.
Cierre de expediente.

viernes, 13 de junio de 2014

LÁGRIMAS en el Café

Se despertó. Las sábanas estaban frías y ella desnuda. La casa parecía la de siempre pero algo no era como siempre. Se levantó despacio, como cada mañana, por ese miedo a un derrame cerebral. Lo que para otros pasó como un suceso más cuando tenía dieciséis años, para ella fue algo que marcó todos sus despertares. La madre de un amigo había muerto, mientras desayunaba, de un derrame cerebral. A ella le impactó.  Le impactó tanto que desde ese día se despertaba despacio, se levantaba despacio y caminaba despacio hacia la cocina; no quería morir como aquella mujer. El miedo creció cuando nació su hija. No quería dejarla sola como se quedaron su amigo y sus hermanos pequeños.
No tenía frío a pesar de que no solo las sábanas parecían de hielo. También el suelo. No así el aire que respiraba: no lo sentía al entrar en sus pulmones. Caminó despacio hacia la cocina. Su hija miraba fijamente la taza que daba vueltas dentro del microondas. La taza paró de girar. La niña, que ya no era tan niña, volvió a desayunar, como cada mañana, lágrimas en el café.

martes, 27 de mayo de 2014

Los ZAPATOS Grises

Tenía miedo a los ojos. Caminaba siempre mirándose los pies. Los suyos y los de los otros. La llegada de los semáforos sonoros le sirvieron de gran ayuda, y cuando los semáforos no cantaban su color verde volvía a mirar los pies. Los pies de los otros. Si estos comenzaban a caminar, él caminaba. Sólo una vez casi le atropellan. Desde ese día supo que debía seguir a muchos pies, no a uno solo. Hay pies que buscan la muerte.
Según su estado de ánimo seguía a unos u otros zapatos  y casi podía apostar a dónde  le iban a llevar esos pies sin equivocarse.
Aquella mañana el peso de las nubes sobre su cabeza le hizo escoger aquellos. Habían sido depositados por su dueña en el borde de la acera. Parecía que temblaban. Eran grises como ese cielo plomizo que les protegía hoy de cualquier amenaza de felicidad.
El semáforo comenzó a cantar. Los zapatos grises, que se habían mantenido al borde de ese precipicio de diez centímetros, cayeron durante un segundo para seguir temblando, pero  esta vez sobre la firmeza del asfalto. 
Era la primera vez que no sabía a dónde iba. En realidad, nunca lo sabía, pero sí lo intuía. Era la primera vez que sus pies temblaban, a cada paso, como los de ella.
Caminaron durante horas. Sin darse cuenta, el asfalto se había vuelto blando. Sus pies se enterraban en la arena negra y los zapatos grises, antes temblorosos y pesados, parecía que flotaban. Se detuvo. Ellos también. Ya no había semáforos que cantaban el ritmo de los pasos, ahora eran las olas las que lo hacían. Y, por primera vez, quiso saber más. Quiso saber qué ojos acompañaban a esos pies. Y lo hizo. Los miró. 
Los zapatos grises aún permanecen ahí, entra las rocas. Los que no eran grises siguen flotando, persiguiendo a las olas.

martes, 25 de marzo de 2014

ONCE años en SEPIA

Tenía once años. Eso era lo que decía su madre. También la partida de nacimiento. Pero estaba segura de que allí había un error. Cuando cerraba los ojos se acordaba de esos once años de mucho tiempo atrás. Vestía un traje blanco de organdí que si lo llevase ahora, parecería sacada de una de esas fotografías color sepia que tanto le gustaba ver en los puestos del Rastro. Allí fue donde, por primera vez, supo que había vivido ya. Era domingo, la mañana siguiente a su undécimo cumpleaños. Era la primera vez que iba al Rastro y era lo único que quería de regalo: pasear por los puestos, oler a viejo, acariciar las arrugas del tiempo y encontrar aquella muñeca que había perdido cuando tenía aquellos otros once años. No encontró la muñeca pero sí las fotos. Estaban dentro de una lata de galletas oxidada. Parecían no formar parte de aquel puesto en el que se vendían lámparas antiguas y bombillas. Algunas funcionaban y, cuando lo hacían, iluminaban con el color del pasado aquel domingo presente en el que el tiempo, vestido de papel en sepia, le contó la verdad. Estaba allí. En aquella lata. Su madre nunca entendió qué vio su hija en aquellas fotos. Por qué, desde aquel día, se instaló en sus ojos la tristeza. Y por qué buscaba, cada domingo, latas de fotografías antiguas. Nunca encontró la que buscaba. La foto de su duodécimo cumpleaños nunca apareció.

viernes, 17 de enero de 2014

Una HISTORIA de AMOR

La chimenea ante la que se calentaba era imaginaria. No lo era la manta marrón que le cubría las piernas. Tampoco el andador que tenía siempre cerca por si necesitaba ir al baño. Sí eran imaginarias las cortinas de flores que cubrían las ventanas, el olor a madera de los muebles y la piel tersa de sus manos.

Sus manos. No las suyas. Las de él. También pequeñas y tersas. También imaginarias.

La chimenea le sigue dando calor. Acerca su mano al fuego. Él, sentado a sus pies, apoya la cabeza en sus rodillas. Parece dormido pero también mira al fuego. Coge su mano. No quiere que se queme. La acaricia suavemente..."siempre seremos amigos...más allá del amor, siempre serás mi mejor amiga".

Empieza a gritar. Como puede aparta la manta envuelta en llamas de sus piernas. Una de las cuidadores acude corriendo sin dejar de lamentarse por su mala suerte: sabía que hoy tenía un mal día y que aquellos arranques no dejarían de sucederse durante toda la noche. A duras penas la convence de que allí no hay llamas, ni fuego, ni chimenea.

Deja de sentir el calor. Cierra los ojos. Sigue sujetando su mano. Nunca ha dejado de hacerlo.

jueves, 12 de diciembre de 2013

Un SUEÑO cumplido

Attikus presenta El destino de las palabras

Hace tiempo que no escribo en Tokio Azul...No es porque quisiera abandonarlo, ni mucho menos. Tampoco porque se me hayan acabado las palabras...Es solo que he dedicado todo este tiempo a las palabras de otros. A leerlas una y otra vez. A soñar que esas palabras volaban desde mis dedos al teclado, hasta los labios susurrantes de miles de lectores que las leerían...Imaginaba que la pantalla del ordenador se convertía en una botella y dentro de ella guardaba un mensaje. El primer mensaje, El destino de las palabras, ya está en el mar.



jueves, 24 de octubre de 2013

Los ZAPATOS que no caminan se mueren

Había salido de la ducha a toda velocidad. Se había vestido con la misma velocidad, maquillado, peinado y metido en el ascensor. Sólo se había parado unos minutos más de los necesarios para cambiar de zapatos. Dejó a un lado los tenis plateados que, a fuerza de tanto caminar, ya no parecían tan lustrosos. Habían envejecido igual que lo habían hecho esos plátanos que había comprado muy verdes hacia tres días, que seguían igual de verdes esta mañana y que ahora, varias horas después, parecía que habían caminado mucho, como esos tenis, y ya no eran tan verdes.

Rebuscó entre las cajas de zapatos y los encontró. No sabe qué le hizo recordarlos. Sólo se los había puesto tres veces. Eran algo extraños: parecían babuchas. Pero lo que los hacía más especiales era la pequeña pulsera, a modo de brazalete, que se ajustaba a su tobillo. Había tardado muchos años en aceptar sus tobillos...y sus muñecas. Desde aquella vez que en el instituto, después de haber estado haciendo un ejercicio de matemáticas en la pizarra y volver a su pupitre, un compañero de clase, Marino, se agachó a su lado y rodeó su tobillo con los dedos, también a modo de pulsera. No le hizo falta utilizar las dos manos: su delgado tobillo cabía perfectamente entre su índice y pulgar. Le dijo que nunca en su vida había visto unos tobillos tan delgados. Apartó los pies rápidamente intentando esconderlos y cubrirlos con la falda que llevaba. A partir de ese día,durante mucho tiempo, los ocultó.

Cogió los zapatos, se los puso y se quedó contenta con el resultado.

Salió del ascensor. Se metió en el taxi y pidió que la llevara a toda velocidad a la antigua Clínica del Pino. Una vez allí preguntó varias veces por una tienda de música hasta que la encontró. Consiguió los libros que buscaba. Sacó el monedero al tiempo que se le caían unas monedas y se dio cuenta: sus pies estaban rodeados de lo que parecían hojas secas. Hojas secas negras. A sus zapatos les había llegado el otoño y se deshojaban. Llevaban tanto tiempo en el armario que ninguna estación había pasado por ellos. Se agachó y los acarició. Intentaba con aquel gesto que no siguieran deshaciéndose, pero lo único que lograba era quedarse con más hojas entre los dedos.

Salió de la tienda de música y caminó hacia Triana dejando un rastro de otoño a cada paso.


lunes, 14 de octubre de 2013

SUEÑOS


"Siento un gran vacío sin ti…"

Aún podía leer las letras que habían sobrevivido, como agarradas a un salvavidas, en ese pequeño mar de tinta que  teñía el papel. Caminaba distraída por la arena recogiendo conchas con las que iba llenando un pequeño jarrón de cristal en el que siempre decía guardaba un pequeño trozo de mar. Sobresalía un poco entre la arena y la espuma que traían las olas. La cogió, con manos temblorosas y lágrimas en los ojos, sin poder creerse que uno de los sueños que encabezaba la lista de sus Sueños por Cumplir  se acababa de hacer realidad.

Sueños por cumplir
1-Encontrar un mensaje en una botella.
2-Que Neptuno venga a buscarme a la orilla y me lleve a dar un paseo al fondo del mar.
3-Que me regalen un perro grande, muy grande, para darle la comida que no me cabe.

“Siento un gran vacío sin ti
1932”

Su lista de sueños había ido creciendo con los años. Unos se habían cumplido.  Otros seguían esperando. Neptuno (aunque no lo recordaba), la había llevado al fondo del mar. Lo supo por las algas enredadas una noche en su pelo y por el sabor a sal que quedó para siempre en su piel. Lara, la Golden Retriever que apareció malherida una mañana en la puerta de casa, se puso sana y fuerte y, misteriosamente, engordaba más rápido de lo normal, a pesar de que solo comía su ración diaria de pienso.
Sueños por cumplir
28-Que este amor sea eterno
31-Que no se olvide de mí
59-Que no se vaya…por favor…que no se vaya…
62-Duerme mi amor y espérame allí.
63-Enviar un mensaje en una botella.

“Siento un gran vacío sin ti
1932
2033”

martes, 8 de octubre de 2013

NANCY

Todas las mañanas al levantarse lo primero que hacía era comprobar su Facebook. Revisaba las actualizaciones, las solicitudes y los post de sus amigos más interesantes, pero lo que la tenía más enganchada era el muro de alguien que le había pedido amistad. No la conocía, pero a pesar de que esa no era su política habitual -solo amigos y conocidos- la aceptó. Entraba en su muro intrigada por esa vida, falta de vida, que allí podía leer cada mañana. Sabía de sus estados de ánimo por las frases con las que se despertaba. Sabía lo que leía (best-sellers que dejaban mucho que desear), la música que le gustaba, y la no-vida que llevaba. Colgaba fotos, de fiesta en fiesta, acompañadas de pequeñas frases, nunca exentas de alguna falta de ortografía, que no hacían más que confirmar que detrás de aquellos ojos, que parecían sonreír, no había absolutamente nada. Pero aun así la seguía. Había semanas en las que no aparecía nada nuevo y hasta se preocupaba pensando que quizá le había pasado algo. Le escribía mensajes que nunca enviaba. No quería romper esa línea que marcaba la diferencia entre visitas al muro de forma anónima y evidenciar un seguimiento con nombre y apellidos. Y, de repente, aparecía otra vez. Nunca parecía la misma. Varios kilos de más o de menos, según la estación. Los que nunca cambiaban eran sus ojos. Eran como los de aquellas Nancys de su infancia: secos.

Era lunes. Encendió el ordenador e introdujo las palabras….Face…Clave…Buscar…No aparecía entre sus amigos. Ni en el buscador. Por un momento sintió un pequeño vacío. Nada parecido a esa indignación que sufren los que son borrados así de la pantalla.

Martes. Encendió el ordenador…Face…Solicitud de amistad…Otro nombre, otra cara…pero los mismos ojos de muñeca: secos…Rechazar solicitud .

martes, 17 de septiembre de 2013

GRIETAS en el Espejo

Había decidido no salir a la calle mientras durase aquel permiso. No. En realidad no lo había decidido ella, lo decidió el miedo. Los terribles dolores de cabeza que había sufrido durante más de un año, y que parecía que había superado, habían vuelto con más fuerza.

Aquella mañana se había levantado temprano. Desde que él había salido de su vida los pequeños rituales matinales se presentaban de otro color. Lo que antes vivía en blanco y negro ahora se teñía con pequeñas manchas de rojo, azul, amarillo... Se miraba al espejo. Todavía quedaban sus huellas en él. Hacía caso omiso a su madre, que no entendía por qué no lo cambiaba de una vez. Ella sí lo sabía. Quería olvidarle, y lo estaba consiguiendo, pero necesitaba no olvidar aquello por lo que debía olvidarle. Las grietas deformaban su sonrisa, una sonrisa que había prometido regalarle a sus labios todos los días, pidiéndoles perdón por haberles traicionado dejando que cayeran a sus pies detrás de cada golpe.

Terror. Dicen que el miedo se huele. Si es cierto, ella, ahora mismo, es la esencia del terror. El teléfono había sonado temprano. Seis días…Sí…No. No le han puesto la pulsera…Cerró la puerta, cerró las ventanas, bajó las persianas y comenzó a temblar.

Se vistió intentando parecer atractiva. Seguía sin creerse que lo era y que solo gracias al maquillaje y la ropa un poco ajustada lograba no parecer un espantapájaros…¡Espantapájaros!¡Nunca había visto un espantapájaros disfrazado de puta!...Cerró los ojos y se tapó los oídos. Por fin había conseguido una entrevista de trabajo. No quería desaprovechar esa oportunidad que había tardado tanto en llegar. Cogió el bolso, las llaves y cerró la puerta.

Tengo una entrevista de trabajo…Tengo una entrevista de trabajo…Tengo una entrevista de trabajo… Y cerró los ojos. Los tuvo cerrados once meses. Los médicos creían que no le quedarían secuelas si lograba despertarse. No encontraban explicación médica para la inconsciencia que sufría. Los martillazos en el cráneo no le habían afectado neurológicamente y los de la cara y el resto del cuerpo solo habían roto huesos, pero no habían dañado órganos internos.

Había prometido que terminaría lo que había empezado. Cada vez que a él le daban la libertad se la quitaban a ella.

miércoles, 4 de septiembre de 2013

No todos los DESIERTOS son VACÍO

He leído mil libros. Seguiré leyendo y esa será siempre mi respuesta: he leído mil libros hoy, mil libros dentro de cinco años, mil libros dentro de diez…

Y hoy  en una de esas lecturas  después de trasladarme al desierto, de ser testigo indiscreto de un cruce de miradas más allá del tiempo, he pensado en los protagonistas de todos esos libros. En cuántos de ellos saben que su mirada ha quedado para siempre atrapada entre las letras de un libro. En cuántos son solo personajes inventados y cuántos serán aquellos que en algún momento, quizá solo décimas de segundo, se cruzaron con ese escritor que les escribió inmortalizándolos para siempre.

viernes, 30 de agosto de 2013

Las MANOS de Dorian G.

Cierra los ojos…acabo de leer. Solo tres palabras que pueden contener todos los sueños del mundo. Nunca me gustó que me lo hicieran. Que lo dijeran sí. Pero que se acerquen  por detrás y me tapen los ojos con las manos nunca me ha gustado. Debe ser por la manía que tengo de que no me toquen la cara. Recuerdo unas manos frías de dedos largos que solían  hacerlo. No era para regalarme nada, ni para mostrarme alguna sorpresa. La sorpresa en sí era su presencia. No sé cómo nunca se dio cuenta de lo hierático de mi cuerpo, del rictus en la sonrisa, de la poca sorpresa que me daba. También es cierto que, en aquel tiempo, esas manos estaban cargadas de buenas intenciones, el problema era únicamente mío: las manos y mi cara no conjugaban bien, incluso las mías, que solo se podían saltar la veda para enjugar lágrimas. 

Aquellas manos me taparon los ojos alguna vez más. Muy pocas. Ahora ninguna. En el desván de su casa guarda un retrato, un retrato de sus manos. No quiere que nadie lo vea. Mientras las suyas con el paso del tiempo van adquiriendo lozanía, pierden el temblor y el color amarillo de la nicotina, las del dibujo van envejeciendo. Se arrugan. Se ennegrecen. Pequeños gusanos invaden el lienzo. Un lienzo que no solo capturó sus manos, también su alma. 

viernes, 23 de agosto de 2013

CORAZÓN ...Espérame

Sigo buscándolo. Creo que es lo único que sigo buscando y que aún guardo la esperanza de encontrar algún día. Un libro. Se llama "Corazón". Acababa de cumplir ocho años y hacía sólo unos días que había hecho la Primera Comunión. Una Primera Comunión como las de antes, con mis compañeras de clase, vestida con una hábito, todas iguales sin que se notase a simple vista quién tenía más o menos, no como ahora que cada Comunión se convierte en un alarde de gastos: quién escoge el restaurante más lujoso, quién lleva el traje "de novia" - porque parecen de novias, no de niñas de nueve años, más caro y espectacular- quién tiene más invitados...Y todo ello unido la mafia religiosa que no deja que saques fotos ya que han otorgado la exclusiva a cambio de un "sobre-donativo"...En la mía jugué al escondite en el salón, bebí clíper y anoté, entre los nuevos propósitos, en mi libro de comunión : comer bien.

Su nombre empezaba por A. Era la vecina del 5-1, la puerta justo de al lado. La veía muy poco. La recuerdo sonriente, con el pelo corto, morena...pero nada más. Tampoco recuerdo los cotilleos que posiblemente se produjesen en la cocina de mi casa. Seguro que entre todos los vecinos de aquel edificio de treinta y seis puertas ya le habían inventado una vida. Unos días después de mi comunión tocó al timbre...¡Lupita!- gritó mi abuela. Salí corriendo pensando que me iba a encontrar a mi amiga Natalia, pero allí sólo estaba A con un libro entre las manos. Era grande, grueso, con las tapas duras y el dibujo de la cara de un niño con el pelo rizado negro y en letras muy grandes el título: Corazón. Me lo había dedicado: "Con cariño a Lupita...A". Mi afán por la lectura no había empezado todavía. Creo que comenzó un año después; por eso el libro tuvo que esperar. Y esperó. Viajó conmigo a Tenerife. Allí descubrí sus dibujos a carboncillo que copié hasta la saciedad utilizando la cuadrícula que dibujaba encima, a lápiz, muy flojito. Y más tarde sus letras que formaban cuentos y cartas: El pequeño patriota Paduano, El pequeño vigía lombardo, Sangre Romañola, Valor Cívico...Títulos que sin duda debían asustar a un lector principiante de apenas nueve años pero que, una vez superado ese miedo, te hacían desear seguir leyendo, más y más... Leí el libro muchas veces. Pedí más libros. Descubrí a Los Cinco, a Puck, a Esther, a Sandokán, a Tom Sawyer, a Hukleberry Finn, a Bastian, a Momo...

Volvíamos del colegio. Entré en el ascensor y toqué el botón del quinto. Mi hermana y yo nos reíamos. Alguna aventura graciosa del colegio. Mamarora esperaba con la puerta abierta. Hubiésemos entrado sin más y sin darnos cuenta de la cinta amarilla que sellaba la puerta de al lado, del revoloteo que había en las escaleras, de las puertas que se abrían y cerraban, de los murmullos que subían por la escalera buscando cualquier oído dispuesto a escuchar, a especular, a inventar...pero Mamarora miró y yo miré. No pregunté. Entre susurros y susurros, palabras sueltas: era muy rara...novia...novio...familia...suicidio...que no se enteren las niñas...

No volví a ver a A. Y perdí a Corazón. De Tenerife fue a Oviedo y de allí a Lanzarote. Y de ahí a alguna biblioteca o colección privada. Me esperó una vez; por eso sé que aún lo sigue haciendo.


viernes, 26 de julio de 2013

INVISIBLE

Había sido un duro día. Situaciones complicadas de la vida cotidiana a las que se unía la terrible tragedia de un tren cargado de sueños que se quedaron en unas vías que no llegaban a ninguna parte. Vagones que se volvieron de juguete en manos de un destino que tenía el pelo blanco. No nos poníamos de acuerdo en nada y discutíamos por el tamaño de unas tortugas. Que si un terrario es más grande, que no, que sólo cuando crezcan, que si no es grande no crecen. ¡Lo vas a saber tú mejor que yo que tengo una amiga que tiene dos! ¡Pues yo tuve seis!...Y el número de víctimas iba creciendo...También la nuestra, que pasó de ser tortuga a ser persona. Que sí queríamos algo mejor, que no sabemos si te has precipitado. Que quizá el trabajo no sea el adecuado...Y el número de víctimas iba creciendo...Que si yo tomo mis propias decisiones. Que si tienen que esperar a hacer la digestión... Cogí el libro que estaba leyendo y conseguí olvidarme de todo: del día de Santiago, de felicitar a mi amigo Santiago, de las tortugas, del tren...y me hice invisible. “Invisible". Ese era precisamente el título de la novela de Paul Auster que leía. Pero llegó la hora de la cena. Tuve que soltarlo y volver a ser visible. Y volví a serlo a saco. Que sí la peli de la Sexta, que si la de la Paramount; y entre zaping y zaping, el morbo de ver a Lucía Etxebarria con un ataque de ansiedad en medio de un reality de Telecinco; y tú sin dar señales de vida...Y el número de víctimas iba creciendo...Y Lucía llorando amenazando con irse; y yo inventando historias en las nubes en verde del wasup. Que el camino recto es el más corto. Que la respuesta más sencilla es la correcta. Que no merece la pena...Y el número de víctimas seguía creciendo... Volví a coger el libro y volví a hacerme invisible. La ilusión duró sólo unas horas más. Las mismas que tardaron las palabras en agotarse en mis ojos. Los cerré y entraron ellas, las pesadillas, dispuestas a susurrarme que había estado preocupada por algo, pero sin recordar el qué...Y el número de víctimas seguía creciendo...Y quise dormir alejando pesadillas, cerrando los ojos pensando en algo bonito. Y te vi. Hoy. Al borde la piscina. Enseñándome cómo te tirabas de cabeza. Acababas de aprender. Ya no tenías miedo. Y cerré los ojos sonriendo por tu hazaña infantil y ya, sin miedo, deseando que se parara el contador...me dormí.

sábado, 20 de julio de 2013

CUENTOS en el Armario

No puedo dormir. Por la noche las palabras asaltan mis sueños. La puerta del armario, que Yui ha dejado abierta y que por hacerme la valiente no cerré, se presenta delante de mis ojos dormidos recordándome aquello que nunca he podido olvidar: los mundos que se esconden tras sus puertas, las aventuras que nunca me atreví a vivir y los seres fantásticos que no dejé entrar por cerrarla todas las noches, antes de acostarme a dormir, muerta de miedo. Esta noche la seguiré dejando abierta, a pesar de la inquietud que me produce cada vez que la veo al girar y girar sobre mi almohada, ya dura de tantas palabras caídas. Por la mañana recogeré esas palabras y quizá encuentre alguna huella (polvo de estrellas o lluvia azul), sobre la ropa doblada, debajo de la cama, o simplemente  pueda recoger mis sueños en un papel que guardaré en el armario de mi cuarto junto a los cuentos de mi vida, los que sé que tampoco duermen, como yo, esperando que un día me atreva a entrar a jugar con ellos. Pero es que hay algunos cuentos que aún me siguen dando miedo… 

人魚
La sirenita
Escondida en mi armario...

jueves, 18 de julio de 2013

ISLEÑA y GUAJIRA (Belkys Rodríguez)

Hace días que no escribo. Debe ser el verano que me está licuando la tinta en las venas y que sólo, en la oscuridad de la noche, cuando las temperaturas bajan, cuando reina el silencio del viento golpeando mis ventanas...llega a mi sueño el deseo de leer y de escribir. Y leí. Leí a Belkys, mi amiga Isleña y Guajira...

"Guajira, no guantanamera y sí batabanoense. Batabanó, pueblito sureño, entre la campiña cubana y el mar Caribe; villa ilustre de la antigua provincia La Habana. El pueblo de la bala perdida, como solía decir un amigo mío; donde el diablo dio las tres voces y nadie lo escuchó. Casas de madera, desgastadas por la desidia y los huracanes; calles polvorientas, con domingos tan apacibles que hasta el calor bosteza y se aburre; perros sarnosos que vagan como almas en pena; el parque con su glorieta,  el busto de José Martí, las palmas reales, el Liceo, la iglesia vetusta  y achacosa, las Cuatro Esquinas por donde fluyen la algarabía de los niños que salen de la escuela y las aguas residuales. Allí late el corazón del pueblo: la librería, la cafetería donde solo venden ron y tabaco en moneda nacional, la tienda de Cheo (aunque el gobierno la expropió hace cincuenta años, todo el mundo la sigue llamando así), la shoping o tienda para comprar con dólares, la gasolinera, donde cobran también en “moneda dura” el combustible y los refrescos fabricados en la isla, la relojería, la barbería, los carros americanos de los años cuarenta y cincuenta con motores Nissan de los noventa, la tierra colorá que se te incrusta en la piel y en los pulmones, el cine Yaracuy que se cae a pedazos, la bodega sin víveres, la carnicería sin carne, los quioscos de los pequeños agricultores, con sus pregones de aquí tiene sus frijolitos frescos y su ají cachucha, la parada por donde  no pasan guaguas desde  la última glaciación.
Con sangre canaria y asturiana y un gen de Marco Polo. Isleña que por nada del mundo se le ocurre vivir en tierra continental. Guajira renegada que emigró primero a la capital, esa Habana inextinguible, caótica y decadente; después al Polo Norte, a la isla de fuego y hielo, y entre glaciares y volcanes aprendió a caminar sobre la nieve y a disfrutar de una aurora boreal desde la ventana de su casa. Entre elfos y vikingos vino al mundo su hijo, el primer cubano nacido en la tierra de Erík el Rojo. Un niño bilingüe de pelo negro entre tantos rubios y pelirrojos. Nuestros amigos nórdicos no podían entender cómo éramos capaces de sobrevivir entre el hielo y la oscuridad polar. Es que somos “duros de pelar”, como dijera mi padre. Tenemos genes a prueba de balas y llevamos una buena reserva de sol tropical en los recuerdos.
Ahora,  otra isla, la de repuesto como la llama mi amigo Manuel. De clima subtropical, de calimas, barrancos,  arenas negras, sin aguaceros, montañas color ocre, dunas, dragos y bosques de laurisilva, amigos de pura raza, el amor en la mirada de un hombre que empuja mis raíces más hacia el fondo. Roque Aguayro, Roque Nublo, Fortaleza de Ansite, Guayadeque, Santa Lucía, San Bartolomé, Agüimes, Arinaga, el mar Atlántico encrespado y enigmático. No quemo las naves, simplemente suelto los cabos para que naveguen sin timonel y sin brújula. Desde la orilla agito el pañuelo blanco intentando despedirme definitivamente de la nostalgia."

Y escribí...

"Son las cuatro de la madrugada. No podía dormir y recordé que no había logrado acceder al blog. Lo intenté de nuevo y aquí estoy, más desvelada que antes, con lágrimas de emoción en los ojos dormidos, escuchando al viento que azota las ventanas, y pienso que es casi huracanado, como el de tu isla, en esta otra, vecina de la mía, de la tuya de repuesto, la que una vez me dijiste que querías conocer porque te recordaría a esa otra tierra,de fuego y hielo , donde nació tu pequeño vikingo ¡cubano! como él gritaría, si me estuviese leyendo, a los cuatro vientos...El viento sigue golpeando las ventanas, las palmeras, las puertas... y se lleva lejos la tierra del desierto que nos trae entre las nubes. Una tierra roja que lo cubre todo, que también se mete en los pulmones, que desafina los pianos y que seguro también trae recuerdos a una niña isleña y guajira. Y que quizá esté volando, entre otras nubes, de isla en isla, desde la mía hasta la tuya."

Para ti mi querida Belkys...

sábado, 6 de julio de 2013

MAMI en Japón (VI) (Cómo descubrí que tenía el don de lenguas)

La experiencia del sento fascinó tanto a mi madre que a los dos días decidió volver. Pero esta vez ella sola. Había sido otro día duro. Me me había acompañado al trabajo y mientras yo daba las horas de clase que tenía establecidas, ella me esperó dando vueltas en Tokyu Hands, un centro comercial de 10 u 11 plantas o más (ya no recuerdo) en donde encuentras de todo: desde un bolígrafo de ultra diseño hasta una bicicleta (también de ultra diseño); desde un fuchi-fuchi para matar cucarachas hasta un aparato de ultrasonido para ahuyentar ratas; desde un disfraz de luchador de sumo hasta una paellera. Y así podría seguir y seguir y la lista de las cosas más prácticas, junto a las más inverosímiles, sería interminable. Y mi madre encontró allí su segundo paraíso (el primero “el sento”). Cuando llegó a recogerme a la academia venía cargada de bolsas, otra vez con esa cara que se nos pone a todos en Tokio cuando realizamos nuestras primeras compras: los ojos desorbitados, la sonrisa de oreja a oreja, una especie de estrés por la mezcla de sentimientos: ¡Dios mío, me he pasado! ¡La Visa va a estallar! ¡Es una oportunidad única! ¡No pasa nada! ¿De verdad necesitaba ese papel de arroz? ¿Y esos papelitos cuadrados que no sé para qué sirven pero que eran preciosos? ¿Y esos alambres, para qué serán? Bueno…mañana vuelvo a buscar aquellas hojas secas…


Volvimos a casa cargadas de bolsas. Yo estaba agotada y no tenía fuerzas para ir al sento; además, por mucho que dijese el médico japonés, que ese agua hirviendo, pero hirviendo de verdad, no era mala para el bebé que esperaba, yo me fiaba más de mi “Guía del niño”, la revista que me había enviado mi madre desde España, y de aquellas 100 páginas que fueron mi ginecólogo durante todo el embarazo. Y allí lo ponía bien claro: nada de saunas, ni aguas calientes. Así que mi madre decidió ir sola. Y se fue. Recuerdo que lo único que le dije fue que llevase los trescientos yenes para pagar…y nada más. Daba por hecho que había cogido el champú y el gel. Y no, no la había cogido:



Llegué y pagué como me dijiste. Y fue cuando me di cuenta de que no había cogido ni champú, ni gel. Entonces vi a una señora que estaba lavando su toallita y le pedí que si me dejaba un poquito en la mano. Me explicó que me llevase el bote y que cuando terminase se lo devolviese. ¡Fue genial! Me pegué al chorrito de agua fría para no cocerme como un pollo y cuando terminé me senté a ponerme crema en la silla de masajes, y me di un masaje ….`pero mami, si no llevabas dinero ¿cómo te diste el masaje?´...Una señora se me acercó , me tumbó para atrás y metió una moneda en la ranura, me sonrió y me dijo que era mucho mejor terminar con una masajito…`pero…¿hablaba español?´...¡Guada! ¡Qué manía! ¡Que aquí todos hablan japonés!”

jueves, 20 de junio de 2013

El ÁRBOL que lloraba Hojas de LUNA

Érase una vez un árbol que vivía en un patio detrás de dos puertas tan gruesas que no conocía al frío, ni al viento, ni tampoco al calor . Sus hojas caían cada año pero no sabía ni cuándo, ni por qué. Se quedaban a sus pies, amarillentas y adormiladas, cubriendo las raíces que buscando la libertad habían levantado el suelo y reptaban sigilosas intentando colarse por las rendijas de la primera guardiana que encontraban a su paso. Era grande, muy ancha y no tan gruesa como la segunda. Pero a diferencia de esta, estaba siempre cerrada, salvo una pequeña ventanita que siempre estaba abierta y por la que vislumbraba a veces un rayo de sol y otras, muy pocas, pero las mejores, un rayo de luna. El rayo de luna llegaba siempre cargado de historias. Le hablaba de las mareas que hacía crecer a su antojo, como ella lo llamaba "cuando estaba llena"; le hablaba del desierto en el que por más que lo intentaba no lograba reflejarse; de la lluvia que formaba charcos en los que pasaba de ser una a ser mil y de los árboles, de los árboles libres que acariciaba cada noche como le gustaría acariciarlo a él con su luz de luna. Y el árbol lloraba. Lloraba hojas sin saber si era otoño o invierno y bebía agua sin saber si era la sed del verano o las lágrimas del sol. Porque el rayo de sol no hablaba tanto como el de luna. Tan sólo lloraba sobre la puerta , la llenaba de pequeñas gotas que resbalaban hasta el suelo llegando a las raíces que no sabían que si bebes lágrimas de sol lloras hojas de luna.


martes, 18 de junio de 2013

Es de BIEN Nacidos Ser AGRADECIDOS

El refranero español es muy sabio”. Es una de esas frases que a fuerza de escucharla desde muy pequeña, primero a mi abuela y después a mi madre, se queda grabada para siempre: “dime con quién andas y te diré quién eres”, “más vale una vez colorado que ciento amarillo”, “es de bien nacidos ser agradecidos”…Refranes que me han enseñado lecciones de vida antes de que estas llegasen y, en otras ocasiones, una educación que, como decía Saramago, “abre más puertas que mil universidades”.


No habla solo mira
El bien agradecido nunca olvida
`Aunque solo sea un perro´
A Popi y a Sira