viernes, 11 de enero de 2013

La Primera Sirena

Siempre creyó ser sirena. Desde niña, cuando vivía cerca del mar y jugaba con las olas, o cuando se escabullía del flotador levantando los brazos y dejándose deslizar sabiendo que, aún sin saber nadar, llegaría buceando hasta la escalerilla de la piscina. Los adultos ponían el grito en el cielo pero ella lo sabía, sabía que al agua la abrazaría y la impulsaría suavemente hasta donde tuviese que llegar. En la bañera de casa entrenaba  sus pulmones. Se bañaba con su hermana, que era la encargada de contar el tiempo que lograba mantener la respiración bajo el agua, eso las veces que no jugaban a “las cervecerías alemanas”, que consistía en llenar vasos con espuma como si los llenasen de cerveza. También mantenía la respiración en el comedor del colegio. Allí se había convertido en la campeona a la hora de poner “cara de tomate”. Consistía en inspirar con fuerza todo el aire posible y aguantar así mientras la cara se iba poniendo roja. Las monjas no se daban cuenta del juego peligroso que ocurría casi en sus narices. Años después salió en las noticias un niño que haciendo eso mismo, murió delante de sus compañeros de clase. Y ella aguantaba, casi dos minutos y medio, a veces, incluso, un poquito más. Y seguía preparándose. Consiguió que la apuntasen a clases de natación. El primer día se hacía la adjudicación por grupos según el nivel. Ella, ni por un momento, iba admitir que la pusiesen con aquellos niños llorones que nada más tirarlos al agua, incluso haciendo pie, gritaban aterrorizados como si les hubiesen tirado a una olla hirviendo. Así que empezó a mover los brazos. Lo hacía con tanta destreza y con tal cara de sonrisa copiada de Esther Williams en la película que tanto le gustó, “La primera sirena”, que ninguno de los monitores se dio cuenta de que sus pies iban caminando por el fondo al ritmo acompasado de sus brazos. La enviaron al grupo A, nadadores avanzados. Y ni corta ni perezosa, se puso a la cola para lanzarse al “foso”, como llamaban a la parte de la piscina que era negra, negra por la profundidad necesaria para el salto de trampolín. Llegó su turno. Le temblaban un poco las piernitas pero se sentía a salvo porque les habían dado a todos una pequeña tabla de corcho. Y saltó. Del impulso con que lo hizo perdió la tabla y ese agua que tan oscura parecía desde fuera, se hacía más y más tenebrosa, casi abisal, a medida que iba descendiendo. No tuvo miedo. Sabía que el agua la sacaría, como siempre. Pero no fue el agua quien la sacó. Dos monitores, vestidos, con gafas de sol que volaron por los aires, con pitos que dejaron de sonar al contacto con el agua, lograron agarrarla por el pelo y subirla a la superficie. Se llevó una pequeña bronca pero nadie logró borrarle la sonrisa, sobre todo, cuando decidieron que no la bajarían de nivel, eso sí, tendría que sujetar mejor la tabla de corcho. Y aprendió a nadar. Y creció. Lo hizo lejos del mar pero sabiendo que siempre volvería. Ha vuelto a entrenar. Se acerca a la orilla, inspira todo el aire que puede y se sumerge sintiéndose más sirena que nunca.

                                                                      A Esther Williams. Por hacerme soñar con sirenas.

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