sábado, 6 de julio de 2013

MAMI en Japón (VI) (Cómo descubrí que tenía el don de lenguas)

La experiencia del sento fascinó tanto a mi madre que a los dos días decidió volver. Pero esta vez ella sola. Había sido otro día duro. Me me había acompañado al trabajo y mientras yo daba las horas de clase que tenía establecidas, ella me esperó dando vueltas en Tokyu Hands, un centro comercial de 10 u 11 plantas o más (ya no recuerdo) en donde encuentras de todo: desde un bolígrafo de ultra diseño hasta una bicicleta (también de ultra diseño); desde un fuchi-fuchi para matar cucarachas hasta un aparato de ultrasonido para ahuyentar ratas; desde un disfraz de luchador de sumo hasta una paellera. Y así podría seguir y seguir y la lista de las cosas más prácticas, junto a las más inverosímiles, sería interminable. Y mi madre encontró allí su segundo paraíso (el primero “el sento”). Cuando llegó a recogerme a la academia venía cargada de bolsas, otra vez con esa cara que se nos pone a todos en Tokio cuando realizamos nuestras primeras compras: los ojos desorbitados, la sonrisa de oreja a oreja, una especie de estrés por la mezcla de sentimientos: ¡Dios mío, me he pasado! ¡La Visa va a estallar! ¡Es una oportunidad única! ¡No pasa nada! ¿De verdad necesitaba ese papel de arroz? ¿Y esos papelitos cuadrados que no sé para qué sirven pero que eran preciosos? ¿Y esos alambres, para qué serán? Bueno…mañana vuelvo a buscar aquellas hojas secas…


Volvimos a casa cargadas de bolsas. Yo estaba agotada y no tenía fuerzas para ir al sento; además, por mucho que dijese el médico japonés, que ese agua hirviendo, pero hirviendo de verdad, no era mala para el bebé que esperaba, yo me fiaba más de mi “Guía del niño”, la revista que me había enviado mi madre desde España, y de aquellas 100 páginas que fueron mi ginecólogo durante todo el embarazo. Y allí lo ponía bien claro: nada de saunas, ni aguas calientes. Así que mi madre decidió ir sola. Y se fue. Recuerdo que lo único que le dije fue que llevase los trescientos yenes para pagar…y nada más. Daba por hecho que había cogido el champú y el gel. Y no, no la había cogido:



Llegué y pagué como me dijiste. Y fue cuando me di cuenta de que no había cogido ni champú, ni gel. Entonces vi a una señora que estaba lavando su toallita y le pedí que si me dejaba un poquito en la mano. Me explicó que me llevase el bote y que cuando terminase se lo devolviese. ¡Fue genial! Me pegué al chorrito de agua fría para no cocerme como un pollo y cuando terminé me senté a ponerme crema en la silla de masajes, y me di un masaje ….`pero mami, si no llevabas dinero ¿cómo te diste el masaje?´...Una señora se me acercó , me tumbó para atrás y metió una moneda en la ranura, me sonrió y me dijo que era mucho mejor terminar con una masajito…`pero…¿hablaba español?´...¡Guada! ¡Qué manía! ¡Que aquí todos hablan japonés!”

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